Who said Psychoanalysis is dead? Psychoanalysis, politics and culture in the twenty first century – Part II

En esta entrevista, Carmen Gallano, psiquiatra y psicoanalista del Campo Lacaniano, analiza el papel y lugar del psicoanálisis en la política y cultura del siglo XXI.

Para leer la entrevista en inglés, sigue este enlace.

Accede a la Parte I de la entrevista.


4 de junio de 2012

Entrevista concedida por Carmen Gallano a principios de marzo en su consulta privada de Madrid. Carmen Gallano es psiquiatra y psicoanalista. Tras años de trabajo en hospitales y centros de salud mental, con el tiempo en perspectivas alternativas a la psiquiatría oficial, se formó como psicoanalista en Paris en la Escuela de Lacan. Analista Miembro de la internacional Escuela de Psicoanálisis del Campo lacaniano, ejerce su práctica desde hace años en Madrid, con actividades docentes y publicaciones en España y en diversos países. Dos libros suyos son “La alteridad femenina” y “El deseo, textos y conferencias”.

P. Ha comentado previamente que se están rompiendo los vínculos familiares y sociales. Basándose en sus más de 30 años de clínica, ¿qué rol diría están teniendo las redes sociales en las relaciones humanas?

R. Las redes sociales son hoy una vía creciente de socialización de los sujetos, como suplencia a la quiebra del vínculo social. Vía las conexiones virtuales ofrecidas por las TIC se establecen redes de contactos globales que pueden propiciar o no las conexiones locales, territoriales, con personas físicas. Para entender el auge de las redes sociales me he orientado en lo estudiado por Lacan del giro del discurso del Amo al discurso capitalista, partiendo de su teoría del sujeto.

La teoría del sujeto de Lacan, del sujeto como efecto del lenguaje, causado por una relación intersignificante, nos ayuda a entender como la subjetividad contemporánea es correlativa de las redes significantes que hacen productivo el capitalismo global. Ahora bien, una red no es una estructura. Hay estructura significante cuando hay un significante organizador de una cadena significante limitada. Es a lo que Lacan llamó significante Amo, el que representa el orden significante como conjunto, y que asegura el nexo del sujeto con el saber generado por una cadena significante, incidiendo en ella de un modo eficaz.  En cambio, una red es una cadena significante aleatoria, de múltiples conexiones que no responden a ningún principio de legibilidad que organice una significación determinada  y a ningún control que limite y ordene como conjunto un sistema. Es lo propio de la lógica binaria de interrelaciones significantes horizontales, desjerarquizadas, que ha fabricado Internet en la “sociedad global en red”.

Los sociólogos y otros pensadores convergen en que “el individualismo en red” es hoy la vía de socialización de los sujetos para configurarse una identidad en relación con los otros, pues la masa humana ya no se colectiviza por la incidencia jerárquica de un significante amo, y ha devenido multitud, una multitud que ha de tejer conexiones para no reducirse a un enjambre de individuos aislados los unos de los otros. Ahora todos ya vivimos y nos comunicamos vía Internet y sus aplicaciones en los móviles que llevamos en nuestros bolsillos.

Ya han señalado muchos cómo Internet ha trastocado las fronteras de lo íntimo. Los afectos hoy se lanzan al océano del ciberespacio. Sin pudor. Los blogs hacen públicos los diarios íntimos y las efusiones, desinteresadas o interesadas para atraer seguidores. Las redes sociales se alimentan de la exhibición de los afectos y de los modos de goce como vía de afirmación identitaria de los sujetos. En la medida en que los afectos y la vida libidinal de los concurrentes en la red internaútica se hacen públicos, se capitalizan, y los afectos a exhibir serán los que recaben más éxito para la promoción personal o para atraer más eco de empatía en otros.

Así los sujetos, sobre todo los jóvenes, se juegan su lugar en el mundo también en las redes sociales ¡Cuantas chicas no han llorado desoladas en mi consulta por la indiferencia de ningún eco suscitado por lo que han colgado en FB!, sintiéndose segregadas de esa comunidad virtual, y cuantas por el contrario se agitan en sus afectos por lo que de ellas sienten ha sido denostado según su interpretación de lo que expresan en mensajes y fotos los otros que les importan de su red de amigos virtuales. Abundan las difamaciones de los chicos a las chicas, y las quejas de las chicas hacia los chicos.

Es que no es sin afectos que los sujetos hoy, más los crecidos en el mundo de Internet, se juegan su promoción personal y social vía esa “segunda vida” en las pantallas, en la que tratan de propiciar lazos y satisfacciones para su vida real. Ahora bien, en esas conexiones, plurales, rápidas, que tanto ocupan ahora las vidas, se genera un estado flotante, errático de efímeras y deslocalizadas presencias puntuales. Me pregunto si todo ese expresarse en un “hablar por escrito” y con “emoticones”  y signos por la red, con escaso decir de contenidos, no será sino el modo de hacerse ver, de hacerse oir, de suscitar mirada y voz de ese Otro a la deriva, cada vez más desencarnado, para sostenerse en una existencia que sin lazos organizadores de los deseos dejan sin rumbo a los sujetos. Especialmente, las redes sociales han generado nuevos  “mercados de la búsqueda del amor”, el que falta y anhelan los sujetos que se hacen usuarios de los “foros sentimentales” que prosperan en Internet. La creciente búsqueda del amor y de pareja vía Internet, nos indica lo que señaló Freud, que el amor es la mejor “técnica del arte de vivir”, y que los sujetos no se conforman con los goces autoeróticos promovidos por el sistema, sino que aspiran a ser otra cosa para el Otro que objeto utilitario. Ahora bien, sin encuentro presencial entre los cuerpos hablantes y gozantes que somos los humanos, el amor y el deseo se reducen a ficciones tejidas con palabras, un goce de lo imaginario ajeno a lo que puede surgir de afectos en la contingencia de los encuentros reales entre hombres y/o mujeres. Bien dice Sherry Turkle, psicóloga y socióloga, profesora y conocida estudiosa del mundo digital virtual en el MIT, que “es imposible la simbiosis del humano con las pantallas. Nos sentimos solos pero tememos la intimidad. Apaguen sus móviles y ordenadores y empiecen a vivir, den un sentido a su soledad”.

P. “Empiecen a vivir”. Un comentario muy a la orden que seguro muchos se tomarán en serio. De algún modo me ha hecho pensar en los acontecimientos sucedidos desde que los tunecinos se echaran a las calles a finales de 2010. Como bien sabe, desde entonces se han sucedido numerosas revoluciones y movimientos sociales tanto en el norte de África, Oriente Medio, Europa occidental, y Estados Unidos. El propio Lacan es una de las figuras prominentes de aquélla generación del ‘68 que siguió los pasos revolucionarios del joven Daniel Cohn-Bendit. ¿Qué cree que diría Lacan de los movimientos que se han ido sucediendo desde finales de 2010?

R. Los movimientos sociales- a los que tanto han contribuido las redes sociales de Internet – como “la primavera árabe”, el 15-M español, u Occupy Wall Street – han hecho aflorar el síntoma social que padecen en común los jóvenes y menos jóvenes: la destrucción de las condiciones de vida generada por la avidez de los mercados financieros y la corrupción de la gobernanza política que la ha permitido. Mientras el sistema induce a agregaciones multitudinarias por modos de goce consumistas en la sociedad del espectáculo o de seguimiento a líderes aupados como stars mediáticas, las agregaciones en la calle de esos movimientos sociales se insurgen contra el poder de esos nuevos indestructibles e ilocalizables Amos que son los mercados y sus portavoces políticos. Esos movimientos sociales forjan transitoriamente en los espacios públicos una nueva polis, tejida en red, desjerarquizada, generadora de nuevos vínculos solidarios e identitarios. “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros” fue la afirmación colectiva que reunió a tantas gentes en las acampadas y marchas del 15-M español. Lo cual indica que la identidad común a la que el sistema nos reduce a todos, es precisamente esa, la de ser “mercancía”, cada vez en mayor precariedad como “mercancía barata” en un mercado laboral devastado por el creciente paro generado por la crisis, a explotar con las medidas impuestas por los políticos para “salvar” a los bancos y poderes financieros, que han mermado tanto el poder adquisitivo de las clases medias que el empobrecimiento está alcanzando al del tercer mundo. Los movimientos sociales no se oponen a que el estatuto del sujeto en el mundo de esta crisis sistémica sea el de “productor”, sino a que esté cada vez más amenazado de perder un lugar en la producción, sin futuro sean cuales fueren sus esfuerzos para adquirir una valía individual profesional. Hecho que estudió ya hace años el sociólogo de la London School of Economics Richard Sennet como “corrosión del carácter por las condiciones del trabajo en el nuevo capitalismo” pero que hoy se abate de manera más dura aún sobre la mayoría de trabajadores. Tampoco se oponen a ser “consumidores”, sino a verse reducidos a estar “consumidos” por no poder acceder al consumo de los bienes que les aseguren sus medios de subsistencia.

¿Qué puede decir el psicoanálisis en este estado de devastación del mundo llamado “civilizado”?. Puedo recordar lo que dijo Lacan a los estudiantes de mayo del 68 : que si “vomitaban los objetos de la sociedad de consumo” que la sociedad de entonces, del Estado del Bienestar, ofrecía a los burgueses, era porque no colmaban para nada la causa de su deseo y que si se rebelaban contra la “represión” familiar y social, y clamaban por la liberación sexual, vieran que dar rienda suelta a sus goces no iba sino a dejarlos aún más insatisfechos en el deseo, y para acelerar la nueva rentabilización del goce de la que se iba a nutrir el capitalismo, al igual que la mercantilización del saber en las nuevas formas de organización de la Universidad que hace de los estudiantes objetos como “unidades de valor” (de créditos contables). Les dijo que su “revolución”, como en toda aspiración revolucionaria, desembocaría en una vuelta de tuerca del discurso del Amo y que ese nuevo Amo “lo tendrán”. Añadió que jugaban “la función de los ilotas del régimen. El régimen los exhibe. Dice: Mírenlos cómo gozan.” En efecto, en mayo del 68, lo recuerdo bien, jovencita que yo era, predominó la reivindicación del hedonismo y de la permisividad en los estilos de vida, de las libertades individuales, contra el autoritarismo de la familia y del “opresor” sistema. Mayo del 68, con su experiencia de la “libertad de palabra y acción” fracasó en cambiar el sistema político, pero nos transformó subjetivamente a toda una generación, animando a explorar modos de vida no convencionales y a elaborar nuevos discursos sobre la condición social de los sujetos en el capitalismo de entonces. En eso fue fructífero y ha tenido incidencia en tantos pensadores sobre la subjetividad moderna de la segunda mitad del siglo XX.

¿Qué diría Lacan de los movimientos sociales recientes? No lo mismo, seguro, que de mayo del 68, aunque también disiparía lo iluso de “una revolución” que pretendiera terminar con el poder capitalista de los mercados financieros. Es que hay una diferencia abismal entre las masivas rebeliones de los jóvenes que se habían cocido antes del 68 en el anterior caldo explosivo de los beatniks norteamericanos y de los situacionistas europeos, y las que han estallado en 2011 en tantas plazas del mundo.

Los movimientos sociales de hoy no reclaman ninguna liberación de los modos de vida para gozar sin trabas, al contrario, no quieren perder las adquisiciones del Estado del Bienestar para las clases medias de los países occidentales. Reclaman que los gobernantes no se sometan al poder de los mercados que han destruido los logros anteriores para los ciudadanos de las políticas socialdemócratas. Diría que piden lo contrario de los jóvenes del 68: un trabajo asegurado en el reconocimiento de su carrera profesional, una casa, unos medios de vida dignos dentro del sistema, la posibilidad de tener un futuro y para sus hijos y una democracia “real”, que no sea la farsa creciente de las campañas electorales de los políticos. Uno de los lemas reiterados en pancartas en la “acampada Sol” de Madrid del 15-M lo resumía bien: “No somos antisistema, el sistema es antinosotros”.

Los “indignados” que se han agregado en esas nuevas “polis” creadas en tantas plazas claman en  pública voz lo mismo que lo que expresan en su padecer los sujetos que atendemos hoy en nuestras consultas de psicoanalistas: lo insoportable de que su vida subjetiva esté cada vez más abatida por las condiciones de un trabajo desgastante y sometido a las exigencias deshumanizantes de las empresas y con la amenaza de perderlo, por malo y mal pagado que sea, para engrosar el batallón de los no reciclables en el sistema como desempleados sin futuro. La indignación pública se acompaña de los miedos privados que enferman psíquicamente a los sujetos, privados del reconocimiento de su humana deseante dignidad. Que se agravan, lo vemos en nuestras consultas, en quienes no tienen el sostén subjetivo de relaciones afectivas, apoyos familiares, compañeros de trabajo solidarios. Padecen además la vergüenza o el sentimiento de culpa de ser vistos socialmente como “losers” en una impotencia subjetiva.

Lo terrible de este estado del malestar generado por el reventón de la acelerada rueda del tardocapitalismo, es que el sistema no tiene vuelta atrás, hay que saberlo. No faltaba razón a Lacan cuando, desde los años 70, no ignorando el pesimismo de Freud  en los años 30 por lo que se avecinaba para los judíos en Alemania, dijo que el modo de segregación que se anunciaba en el capitalismo post-industrial no difería del modelo inaugurado por los nazis del “campo de concentración”.

“Un campo de concentración generalizado” por la segregación de los  que no entran en los modos de goce rentables para el sistema, “la sumersión capitalista universal“ fueron diagnósticos de Lacan, ya en los años 70, que nos hicieron reflexionar a muchos psicoanalistas sobre cómo hacer del psicoanálisis una vía de “subversión del sujeto” que pueda llevar a quienes se psicoanalizan a una ética con la que “salir del discurso capitalista”. No es imposible, pero no por la vía de utopías “revolucionarias” de cualquier signo. Sabiendo eso, hay modos de actuar en las fallas del sistema, que son muchas, para frenar algunas de sus exacciones. Por ejemplo, en España, una vez vaciadas las plazas de las agregaciones del 15-M – que pueden volver a darse o no- son efectivas organizaciones que intervienen en algunos terrenos, como el de la defensa de los desahuciados de sus viviendas, que habían sido engañados por los bancos con hipotecas impagables para un desempleado. Como efectivas son iniciativas organizadas de “trueque de servicios” entre personas que así encuentran modos de subsistir sin pasar por pagar dinero y actividades sociales de nuevos colectivos en barrios urbanos.

En cualquier caso, y comprobado por lo que tiene efectos sociales y políticos solo desde los grupos de objetivos concretos surgidos del 15-M, desde la experiencia psicoanalítica sabemos que no pueden prosperar por la vía de igualarse los sujetos en consensos asamblearios en lazos horizontales sin referencias de un discurso organizador de proyectos orientados a fines concretos por personas determinadas. Esperar para alguna acción o proyecto el acuerdo democrático de todos los de una masa reunida en espontánea agregación es utópico. Pues los sujetos pueden compartir el padecer del mismo síntoma social, pero eso no les sitúa en el orden simbólico de un discurso que solo puede ser colectivizante desde algunos significantes-Amos, orientaciones claras que intervengan en un saber, el saber que retroactivamente reúna a los sujetos en una representación significante que oriente el sentido de su acción más allá de sus deseos e intereses individuales.

Los movimientos sociales actuales serán efímeros si no generan formas colectivas organizativas con un saber de las leyes económicas y de los desvaríos sin consistencia legal de las improvisadas medidas políticas que por injustas pueden frenarse. Eso no es asunto del psiconalista como tal, sino de los ciudadanos, y los psicoanalistas están comprometidos como ciudadanos. El psicoanálisis, lo que puede aportar para valer algo en el mercado, ese mercado que lo excluye, es el saber de la experiencia subjetiva sobre nuestra humana condición, el saber de una “economía libidinal” que nos hace a cada uno diferente de los otros, en la que el motor de una ética del deseo, que se expresa sin esperar consensos, que no puede ser colectivizable, pero que tenga incidencia en algunos otros, pueda sin embargo, en las fisuras del sistema, hacer “rentar” para nuestras vidas, y para mejorar la suerte de nuestros congéneres en alguna realización, el goce pulsional que  cuando no pasa por un deseo que signifique al sujeto, que lo “civilice” mostrará su parte “incívica” de fuente de malestar y destrucción.

P. Una última pregunta. Me ha llamado mucho la atención el término acuñado por la psicoanalista francesa Colette Soler, “narcinismo”, al que usted hace referencia en su trabajo más reciente sobre la ruptura de los vínculos sociales y sus efectos en la subjetividad humana. Quizá pueda explicar a nuestros lectores cómo se refleja en la práctica esta mezcla de narcisismo y cinismo, así como los orígenes de este fenómeno.

R. Con el término de “narcinismo”, la psicoanalista Colette Soler condensó el “narcisismo” y el “cinismo” que imperan en la promoción de los sujetos para darse la valía que requiere la sociedad global en red del tardocapitalismo. Narcisismo, del culto a la imagen del yo que se contempla en lo que le puede hacer brillar en la sociedad del espectáculo, en las relaciones mediatizadas por las imágenes que se publicitan como las del éxito social. El neurótico se desgasta en nunca verse realizado en la imagen ideal a la que se aferra en sus Ideales. El neurótico, en los síntomas que hacen fracasar esa realización imaginaria de su yo, padece de no lograr ser suficientemente cínico, aunque lo intente, pues le importa agradar al Otro, en sus Demandas, de las que disiente su modo de goce. El cinismo, que tanto vemos en quienes ejercen poder, no es hoy el de un Diógenes que en su barril desafiaba al Amo. El cinismo al que induce hoy el sistema es el que se ajusta a ese nuevo Amo que son los intereses mercantiles, el de ocuparse solo del propio beneficio a expensas de los otros, desentendiéndose en su goce de la cuestión del deseo, de lo que es en el deseo del Otro. Es un cinismo sin vergüenza para el que no importa la dignidad del sujeto, lo que represente en lo social, a la mirada de los otros.

¿Cuál es el origen del narcinismo imperante como vía inducida de poder y éxito? No otro que el de la disolución capitalista del orden simbólico que mantenía los valores morales de la renuncia al goce propio para insertarse como sujeto de honor en los intereses sociales de la civilización. Esto es bien visible en muchos políticos, que no defienden más ley que la de lo que les interesa en cada momento y por eso no les importa hacer lo contrario de lo que propugnaban en sus promesas electorales. Por eso nadie cree en ellos, ya que hoy dicen una cosa y mañana lo contrario, y sin reconocer nada de lo dicho antes. El cinismo va de par con la inconsistencia del discurso, de que se puede decir una cosa y luego lo contrario, de manera disociada, sin conflicto alguno subjetivo. En la práctica clínica del psicoanalista, el narcinismo aparece como exigencia que tiraniza al sujeto, exigencia de éxito, de promoción personal, de dinero, a costa de lo que en su fuero íntimo pueda desear, pensar, sentir, que trata de borrarlo, en una anulación de su subjetividad particular, para acomodarse a la competitividad impuesta por las empresas, en permanente stress y a la imagen del poseedor pudiente de bienes de consumo. Eso enferma psíquica y corporalmente a muchos sujetos, los divide íntimamente a pesar suyo, generando síntomas sufrientes que no se resuelven ni con psicofármacos ni con pautas de “rectificación de errores cognitivos” y menos aún con los “protocolos” que tantas psicoterapias en boga imponen según el “tipo clasificable” de patología. El tratamiento psicoanalítico, poco importa que no sea preconizado en los discursos imperantes, sin hacer ruido mediático, tiene efectos en los sujetos que hacen esa experiencia de lo que les descubre el saber de su  inconsciente con un psicoanalista. Son ellos los que verificarán en su vida íntima y social lo que un psicoanálisis habrá modificado en ellos, para no quedarse en una impotencia subjetiva o solo lamentarse de ser “víctimas” del sistema. Pues frente a los “pragmatismos del narcinismo” pueden los sujetos hallar las vías de una “praxis” responsable de sus consecuencias para ellos mismos y para los otros.

Muchas gracias, Sra. Gallano, por responder a nuestras preguntas.

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