Who said Psychoanalysis is dead? Psychoanalysis, politics and culture in the twenty first century – Part I

En esta entrevista, Carmen Gallano, psiquiatra y psicoanalista del Campo Lacaniano, repasa el papel y lugar del psicoanálisis en la política y cultura del siglo XXI.

Entrevista dividida en dos entregas (para leer la primera entrega en inglés, sigue este enlace).

Lee la segunda entrega aquí.


4 de abril de 2012

Entrevista concedida por Carmen Gallano a principios de marzo en su consulta privada de Madrid. Carmen Gallano es psiquiatra y psicoanalista. Tras años de trabajo en hospitales y centros de salud mental, con el tiempo en perspectivas alternativas a la psiquiatría oficial, se formó como psicoanalista en Paris en la Escuela de Lacan. Analista Miembro de la internacional Escuela de Psicoanálisis del Campo lacaniano, ejerce su práctica desde hace años en Madrid, con actividades docentes y publicaciones en España y en diversos países. Dos libros suyos son “La alteridad femenina” y “El deseo, textos y conferencias”. Las fotografías incluidas en esta entrevista son cortesía de Carmen Gallano.

P. Buenos días Sra. Gallano y bienvenida a esta conversación con InPEC. La gente suele decir que el psicoanálisis es un producto del pasado. ¿Es eso cierto o está el psicoanálisis muy vivo todavía a día de hoy?

R. Es una agradable sorpresa que una publicación como InPEC se interese por el psicoanálisis y es para mí un honor dialogar con usted. Conociendo su excelente proyecto sobre desarme global SCRAP y su tesis sobre la incidencia de los discursos apocalípticos en las relaciones internacionales, aprecio que usted pueda considerar que tanto la obra de Freud como la ética del discurso psicoanalítico tienen algo que aportar a contracorriente de los discursos que justifican el mantenimiento de la carrera armamentista y del poder de las armas especialmente en la amenaza de las nucleares.

Si usted lee Thoughts for the Times on War and Death escrito por Freud en 1915 y su intercambio de cartas con Einstein de 1932-33 Why War? podrá ver que las reflexiones freudianas no han perdido vigencia, por citar textos que serán del interés de usted. Al igual que la práctica del psicoanálisis se mantiene viva y efectiva en el tratamiento de los malestares de los sujetos contemporáneos en muchos países. No es casual que el psicoanálisis esté vetado en los países no democráticos puesto que el psicoanálisis es una experiencia de liberación de la palabra. “Diga todo lo que se le pase por la mente, sin censura” es la invitación del psicoanalista al paciente. Esto no conviene a los regímenes totalitarios que temen que los sujetos piensen libremente.

Pero la cuestión que merece más detenida interrogación es la de cómo en los países democráticos occidentales se ha extendido la idea de que el psicoanálisis es obsoleto y habría sido “superado” por los conocimientos científicos crecientes desde la segunda mitad del siglo XX. Esta idea responde de algún modo al ideal de que con la ciencia y sus aplicaciones de instrumentos tecnológicos todo puede llegar a saberse del funcionamiento y las disfunciones de nuestros cuerpos y mentes. Curiosamente no es lo que piensan los científicos que no pretenden ocuparse de los avatares de la subjetividad humana y que se limitan a ganar saber sobre lo real biológico de los organismos.

Desdeñar el psicoanálisis, incluso condenarlo, es obra de las ideologías que dominan hoy en psiquiatras y psicólogos, hechos siervos de los mercados y las políticas neoliberales: la reducción de los tratamientos psiquiátricos a la prescripción sistemática de psicofármacos que tantos beneficios dan a las multinacionales farmacéuticas y la orientación de los tratamientos psicológicos por las teorías cognitivo-conductuales que han constituido los lobbies universitarios.

Cierto es que el psicoanálisis no puede encajar en el entramado de la mercantilización del saber que echa por tierra cualquier saber que no tenga aplicación rentable como tampoco en las políticas que apuntan a homogeneizar a los individuos y han dado lugar a un gran consumo de “psicoterapias” que apuntan a erradicar las anomalías subjetivas de quienes fracasan en la adaptación a las normas de vida social prescritas en los nuevos tiempos. Los neuróticos que Freud estudió y trató en la complejidad de sus síntomas, descubriendo sus raíces en el inconsciente, hoy son vistos por las ideologías imperantes como individuos de “baja autoestima”, de un “yo débil” a reforzar, y los psicóticos como enfermos por anomalías en su cerebro a combatir con neurolépticos.

¿Por qué entonces el psicoanálisis se mantiene vivo y activo, tanto en su práctica como en lo que transmiten los psicoanalistas en su producción de enseñanzas y publicaciones? ¿Estaría condenado a desaparecer, reabsorbido en el mercado de las terapias, por ir a contracorriente del sistema? No es el caso como tampoco lo fue en los tiempos de Freud, que nunca cedió en sus posiciones a pesar de ser sonoramente rechazado por sus coetáneos. Nunca el psicoanálisis ha vivido con parabienes oficiales. Simplemente, en cada época los modos de ignorarlo o denostarlo han variado según han ido variando los discursos dominantes. Pero si el psicoanálisis no cae en servir al discurso tecno-capitalista y a sus gestores políticos, es porque los síntomas que nos presentan los sujetos en su malestar son siempre portadores de la disidencia que el sujeto, sin saberlo, manifiesta en su malvivir de no poder encajar en las exigencias de su entorno. De ahí que el tratamiento psicoanalítico de los síntomas siempre será disidente del discurso social imperante, sin ser anti-sistema, pues hace saber al sujeto de las fallas del sistema –del discurso del Otro en términos lacanianos- que él no veía antes. Y un psicoanálisis llevado a su fin es el que permite a un sujeto hallar un nuevo destino al núcleo disidente de su síntoma, en realizaciones de su deseo no previstas antes por él y ya no constreñidas por los imperativos del sistema.

P. Me alegra oír que el psicoanálisis está hoy tan o más vivo que nunca. Pero hablemos más de Freud. Popularmente su legado se suele reducir a obras como el Complejo de Edipo o su trabajo sobre la Interpretación de los Sueños. Asimismo, a Freud se le suele tachar como alguien obsesionado con el “lado oscuro” del psiquismo humano. ¿Cuál es su opinión al respecto?

R. En continuidad con lo dicho antes, añadiré que los mayores responsables de la degradación del psicoanálisis que ha influenciado la opinión común han sido los psicoanalistas mismos, comenzando por los alumnos de Freud. Fueron ellos los que redujeron el alcance de los descubrimientos freudianos a tópicos como el complejo de Edipo, el simbolismo de los sueños o la “represión sexual” como causa de neurosis. Evidentemente, lo que fue un escándalo en la sociedad victoriana en la que Freud hizo su obra, sacar a la luz la sexualidad infantil y más tarde la pulsión de muerte que acompaña a la pulsión erótica, es cosa hoy sobradamente admitida en una sociedad que no pone trabas a que cada cual goce en sus pulsiones como le parezca, sin las restricciones sociales de épocas pasadas.

Se reconozca o no, el psicoanálisis freudiano ha tenido incidencia en la subjetividad y los modos de vida del siglo XXI. Pero como señaló acertadamente Lacan, el psicoanalista francés que desde un “retorno a Freud”, en los años 50, vio los problemas irresueltos en la teoría freudiana para avanzar en el saber del psicoanálisis, “The Oedipus complex cannot run indefinitely in forms of society that are more and more losing the sense of tragedy”. El recurso al mito de Edipo de Freud fue su manera de resumir cuanto las neurosis de su tiempo dependían íntimamente de las condiciones de la familia. Distintas son las raíces de las neurosis contemporáneas en familias ya raras veces patriarcales.

En cuanto al “dark side” en el psiquismo humano, Freud tardó en teorizarlo como “Death Drive” (pulsión de muerte). No creo que sea azar que fuera desde el año 30, pues ya veía lo que se avecinaba en Alemania, que explicita, con gran pesimismo desde 1936. Hay que saber que su pesimismo se ha demostrado, que esa pulsión de destrucción que puede dominar a los humanos, y que la mayoría de sus alumnos la rechazaron en aras a pensar en que el tratamiento psicoanalítico lograría un “yo” acorde a los Ideales de la civilización, él no creía en eso. En una entrevista de 1926 (que puede leerse en Internet) al periodista G. Viereck Sylvester, estando ya muy enfermo de cáncer, sigue afirmando que si los animales son crueles, por instinto de supervivencia, es peor “la maldad del hombre civilizado, por la desintegración de su yo, por el conflicto entre sus pulsiones y la cultura”. ¿Acaso usted tan consciente del poder destructivo de las armas que siguen justificando los gobiernos, negaría lo difícil de erradicar en la condición humana la pulsión de muerte? La pulsión de destrucción estalla más que nunca en cómo la desregulación de los mercados financieros está devastando el medio ambiente y las condiciones de empleo y vida de masas crecientes de población en los países del llamado “primer mundo”, cuando antes creaba las bolsas de miseria en el llamado “tercer mundo”. Pues la gran astucia del capitalismo es que ha desviado las fuerzas de destrucción hacia el crecimiento económico, pero como el mercado nada regula, ese crecimiento sin equilibrio alguno, no es para nada el soñado por Keynes, que justamente advertía del peligro de la “sed inextinguible de liquidez”, “el deseo mórbido de liquidez” y del empuje rentista a generar flujos financieros de capital que no revierte en la producción sino en beneficio de unos pocos, en detrimento de la masa de los trabajadores.

Lo propio de la disociación que en los poderes públicos y en los sujetos induce el discurso capitalista es cómo con una mano se predican los derechos humanos y con la otra, más en la sombra, cínicamente, se propician toda clase de exacciones en nombre de intereses mercantiles. El otro día vi un reportaje en la TV sobre los billones de dólares o euros de beneficios que obtienen los gobiernos occidentales con la venta de armas, esos mismos que a coro son los paladines de los discursos humanitarios. Y la ONU sin pestañear revelaba en sus estadísticas que los negocios más boyantes en el mundo son tras el del tráfico de armas y el de la droga, el de la explotación sexual de mujeres y niños. ¿Negaríamos “ese residuo oculto tras la pulsión sexual” que Freud llamó “pulsión de muerte” en esos goces disidentes de los derechos humanos y de la salud de los individuos, reducidos a objetos de consumo de goce o de violencia?



P. De modo que el psicoanálisis puede ayudarnos a entender mejor lo que ocurre a nuestro alrededor. Dicho esto, existen varias escuelas de psicoanálisis: freudianos, lacanianos, kleinianos, jungianos, por citar las más conocidas, que entienden y ven de modo diferente el psiquismo humano y por extensión la sociedad. Lo cual no deja de sorprender dado que el psicoanálisis es una ciencia basada en la clínica. ¿Podría ayudarnos a entender mejor el psicoanálisis como herramienta analítica? ¿Está el psicoanálisis más cerca de las ciencias naturales o de las llamadas ciencias sociales como la filosofía, la sociología, o la antropología?

R. Si el psicoanálisis fuera una ciencia, sería inexplicable esa fragmentación en escuelas y tendencias psicoanalíticas que se generó, y a veces con tremendas querellas, después de Freud. Pero es que el psicoanálisis no es una ciencia, en todo caso lo podríamos incluir en las ciencias conjeturales. Cierto que el terreno en el que operan los psicoanalistas de cualquier escuela que sean es el de la clínica: los síntomas y malestares que aquejan a los sujetos, lo que subjetivamente les resulta imposible de soportar. Solo que cada escuela ha ido orientándose por teorías que dan explicaciones distintas a los fenómenos clínicos. Tanto más que el psicoanalista explora los fenómenos clínicos, del sufrimiento subjetivo, en la mente, el cuerpo, los afectos, a partir del decir de cada sujeto en sus palabras, para que desde lo que el sujeto pueda ir diciendo al interrogar sus males vayan surgiendo sus determinaciones inconscientes. El psicoanalista toma parte activa en su decir o no decir al paciente, con los efectos que produce en su sentir íntimo, lo que irá dando distintas significaciones a los dichos del paciente, suscitando otras impensadas antes, y llevándole a enfocar tal o tal punto de lo que el paciente no sabe la relevancia en lo que ha expresado.

Y eso imprime una dirección u otra al análisis. El asunto de cómo se transmite el psicoanálisis vía los psicoanalizados que se hacen psicoanalistas y su orientación teórica, que determinará la práctica de cada psicoanalista con sus pacientes, es complejo y más que contingente pues no responde a ninguna garantía de un saber o un saber-hacer igual en todos ni que sirva para todos los casos. Freud insistía que cada caso es un caso nuevo y ha de poner a prueba la teoría que el psicoanalista se ha forjado previamente. Los sectarismos de las escuelas psicoanalistas y las rutinas en sus prácticas de pautas fijas, son tristemente el índice de que no son tantos los psicoanalistas dispuestos a ello, y por eso la mayoría de los profesionales del psicoanálisis se agarran a doxas de una escuela u otra que les ahorran la aventura de oír al paciente sin más red que lo que el paciente va diciendo y sin más brújula que la de la lógica de las determinaciones del inconsciente que, en un saber no antes sabido, el decir del paciente va sacando a la luz.

P. Gracias por una respuesta sincera. Estoy seguro de que los lectores de InPEC querrán saber más acerca del papel y lugar del psicoanálisis en la política y cultura del siglo XXI. Ha avanzado algunos puntos en las respuestas anteriores pero quisiera ahondar más en este aspecto. En trabajos recientes analiza el lugar del individuo en la sociedad global capitalista y comenta que los dilemas de los neuróticos de hoy en día no son los mismos que los dilemas a los que se enfrentaban los neuróticos de Freud. En una de las preguntas anteriores ha comentado que las neurosis deben entenderse en el contexto social e histórico en el que se encuentran y desarrollan los sujetos. Estas afirmaciones, ¿acaso no ponen en duda políticas provenientes de los EEUU, y que se están esparciendo con fuerza por Europa, que sitúan al sujeto aislado del entorno en el que opera y que tratan las neurosis como trastornos de personalidad en lugar de dilemas originados en la interacción del sujeto con su entorno más inmediato?

R. Al hilo de su pregunta he de decir que la escuela de psicoanálisis más implicada en tratar de entender cómo las patologías de los sujetos están influidas por los cambios en la política y la cultura del siglo XXI es la lacaniana. Cuando yo era joven psiquiatra estudié las diferentes corrientes psicoanalíticas. Solo en la enseñanza de Lacan encontré al tiempo respuesta a mis inquietudes socio-políticas, claves para entender a los psicóticos que eran mis pacientes en los manicomios de entonces, y otro aire sobre la cuestión de la sexualidad femenina que el que leía en la teoría freudiana. Lacan era desconocido en la España de los 70 y nos enteramos de su existencia vía Althusser, los que veníamos del marxismo y la antipsiquiatría inglesa de Laing y su mixtura en la italiana de Basaglia. Probablemente estos nombres no dirán nada a los lectores de InPEC aunque fueron determinantes para una generación de jóvenes “psi” europeos, influidos por mayo del 68. El nombre de Lacan es el que si les sonará, por la persistencia de su incidencia en los pensadores del siglo XXI y no sólo en el terreno del psicoanálisis.

Lacan, ya en los años 50 elaboró su teoría del sujeto que es crucial para abordar como se produce la subjetividad de una época. Un sujeto, en su particularidad, está causado por los efectos de los significantes que lo dividen, en el baño de las palabras que lo han marcado desde niño. Un sujeto se hace con el Otro del lenguaje, encarnado primeramente por los mensajes de los padres. El Otro es el lugar simbólico en el que las palabras se tejen como discurso y determinan lo “representable” del lugar en un sujeto en relación con su entorno. No hay sujeto sino en dialéctica con el Otro del discurso, por lo que el sujeto es social, y sus identificaciones vienen dadas por el estado del discurso social en el que nace y vive. Después de mayo del 68, Lacan propuso su teoría de los discursos como modos de vínculo social y formalizó el discurso capitalista como una transformación del discurso del Amo tradicional que hace estallar la estructura del vínculo social y deja al sujeto desconectado del saber que le daba un sistema de significaciones orientado. El sujeto, en el discurso capitalista no tiene un lugar determinado, y oscila entre ser visible en la escena social, poniendo sus intereses por delante, como agente de discurso, sujeto de libre empresa y estar condicionado por los objetos de goce ofrecidos por el sistema. De ahí su doble estatuto en el capitalismo de productor y consumidor.

Los psicoanalistas que se exiliaron a los USA con la Segunda Guerra Mundial se plegaron a las ideologías que celebraban al individuo, especialmente tras la Gran Depresión, como selfmade man, como individuo, y por eso degeneraron el psicoanálisis en una ego-psychology, que no distingue entre la estructura significante del sujeto y la formación del yo por captura imaginaria con el semejante y los Ideales ambientes. Pero el individuo, visto como una “isla” aislada del contexto no es simplemente el ego, la promoción del “parecer” sobre el ser que tan excelentemente diagnosticó G. Debord en La sociedad del espectáculo. El individuo, reducido a unidad contable en las estadísticas de las sociedades democráticas es el sujeto “enchufado” a los objetos de goce que le dan consistencia para compensar el vacío de no saber que ser para adquirir una valía, un reconocimiento en el deseo del Otro. Y esos objetos hoy son los del consumo, consumo que el capitalismo requiere para relanzar la producción y que consumen a los sujetos en ansias e insatisfacción. De ahí que las patologías prínceps de nuestro tiempo son las resultantes de esa insatisfacción de llenarse con objetos, bulímicas, adictivas, o el rechazo de ello en depresiones y anorexias.

Las formas de sociedad no trastocadas aún por la globalización capitalista, que son de las que Freud diagnosticó el malestar en Civilization and its Discontents, empujaban a las neurosis en las formas del síntoma que expresaban la división, el conflicto entre las identificaciones que daban un lugar al sujeto acorde a las demandas socio-familiares y las emergencias del goce pulsional no admitidas en el vínculo social. El tratamiento psicoanalítico freudiano tenía efectos liberadores de esas constricciones sociales y familiares, y la resolución de los síntomas se descubría en un nuevo modo de economía libidinal en el que las pulsiones no se hicieran disidentes del deseo que enlazaba al sujeto con el Otro en su vida afectiva y sexual.

Las sociedades actuales occidentales, en la quiebra de los vínculos sociales producida por el tecno-capitalismo, producen una subjetividad dominada por la angustia, angustia del consumidor consumido y del productor que no sabe si será reciclable o desechable en el mercado de trabajo. En la neurosis histérica vemos los síntomas corporales y de consumo ligados a la angustia como ansiedad y en las obsesivas los síntomas en el pensamiento ligados a la angustia como panic-attack y a la compulsión en el trabajo. Las neurosis no han dejado de existir, solo que toman formas clínicas diferentes, condicionadas por los acelerados cambios inducidos por el tardocapitalismo. Las formas clínicas han variado también en las psicosis: antes abundaban los delirios que desplegaban sistemas de saber para interpretar el mundo, mientras que ahora aumentan las esquizofrenias sin delirio y los actos psicóticos graves, destructivos y sin sentido subjetivo.

La psiquiatría oficial norteamericana no reconoce las neurosis, imponiendo en su clasificación del DSM los desórdenes mentales como “trastornos de personalidad”. La noción de “personalidad” se basó en los “patterns de conducta, pensamiento y sentimiento” que podría describir el ser social de los sujetos en conformidad con un grupo cultural y étnico, y los “trastornos de personalidad” serían las detectables variantes anómalas. Esa concepción de la clínica psiquiátrica consagra toda una serie de pautas terapéuticas que apuntan a la adaptación del individuo y deja en la sombra la estructura del síntoma, impidiendo que el sujeto sufriente interrogue y subjetive sus síntomas en sus particulares determinaciones significantes inconscientes. La vía del psicoanálisis, por el contrario, invitando al sujeto a preguntarse “¿qué quiere decir este síntoma?”, descubrirá, al elaborar el saber de su inconsciente, cómo esos síntomas responden a lo que falla en el sujeto en relación con los otros, en la experiencia de su historia vivida: lo que falla en el amor, los dramas del deseo, los desbordes del goce, y cada vez más hoy el extravío de no encontrar una identidad para saber cómo vivir con los otros y ser alguien en una vida profesional y social. Cuando el sentido del deseo se apaga, no da fuerzas para soportar la vida, de donde tantas depresiones; anhelar los objetos de consumo consume en permanente frustración, y cuando falta el amor puede emerger la angustia. Hoy los neuróticos no consultan para liberarse de las restricciones impuestas por la familia, que cada vez son menos, sino al revés, en el malestar del goce que impone el sistema, sufrir de no hallar alojamiento en lazos sólidos, familiares u otros, sintiéndose solos y sin saber cómo vivir con los otros.

Muchas gracias, Sra. Gallano, por responder a nuestras preguntas.

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